El coronavirus y el ‘coronamóvil’

Angustia, solidaridad, aburrimiento, cariño, trabajo… Toda razón es buena para la necesidad furiosa de mensajearse sin pausa.

Una pareja asiática hace uso de su teléfono móvil en una calle de Londres durante la crisis del coronavirus.
Una pareja asiática hace uso de su teléfono móvil en una calle de Londres durante la crisis del coronavirus. RICHARD BAKER GETTY

Mensajes de profunda amistad emitidos por gente tradicionalmente poco dada a la alharaca sentimental, tuits, angustias, quejas, lamentos, memes, vídeos de mejor o peor gusto, desahogos, recomendaciones de lectura de tal o cuál valoración de expertos médicos, recomendaciones de lectura de tal o cual novelón y de tal o cual peli o serie, mensajes de trabajo, timos de la estampita, todólogos de ocasión, grupos de padres y de madres y de primas y de tías abuelas dando rienda suelta a la comprensible retahíla de ayes, de oyes, de uyes, de dolores, de consejos y de onanismos varios, llamadas a fiestas virtuales, llamadas a homenajes al personal sanitario, botellas al mar lanzadas por solitarios con mensajes dentro, recuerdos de la vida de antes, fotos, textos, besos, abrazos, deseos, confesiones, promesas de quedada, promesas de querernos más…, todo comprimido en una enorme bola que sigue rodando en forma de whatsapps, sms, mensajes de Facebook, Instagram, quién sabe si Tinder pese a la cuarentena (son tiempos duros), llamadas…, sí, llamadas. Es una especie en vías de extinción, pero hay gente que aún, en vez de mensajear, llama por teléfono. Qué cosas.

La crisis del coronavirus ha tenido —tiene— un espejo sociológico en la explosión del coronamóvil. Está claro: en situaciones así, el ser humano e incluso algunas criaturas razonables necesitan comunicarse sin parar, en un frenético y melancólico non stop de tacto, visión y sonido.
Así lo explica la psicóloga clínica Inma Puig, autora del libro La revolución emocional: Los mensajes que nos llegan y que enviamos desde que empezó todo esto son absolutamente disjuntos, y eso tiene que ver con el estado de angustia en el que estamos. Por un lado, chistes. A mí nunca me habían llegado tantos a través del WhatsApp. Y por el otro lado, consejos. ‘No hagas esto… Haz esto… Vigila…’. Los chistes y los consejos son dos manifestaciones claras de una crisis. Pasa lo mismo —es un poco bestia decirlo así, pero es así— en los funerales y en los entierros. Son las situaciones donde más consejos se dan, más bromas se hacen y más tonterías se dicen. Y todo tiene que ver con la angustia. El humor contrarresta la angustia. Con el coronavirus pasa exactamente igual”.

Desde su estudio de Barcelona, Inma Puig no da abasto estos días: “Hay gente que me llama muy angustiada, y uno de los mayores motivos de su angustia es que no sabe qué mensajes sobre el coronavirus creerse y cuáles no”.

Pero volvamos al móvil.

Acaba de sonar otro cling. El ­grupo de trabajo con las tareas de mañana.
Y otro. “La verdad es que no se está tan aburrido en casa. Pero me parece increíble que en un paquete de arroz haya 8.976 granitos y en otro 8.982”. Y el inevitable emoticono.

Más, otro cling, otro mensajito. Un vídeo sobre un cura siciliano de nombre don Leonardo Ri­cotta que para luchar contra el demonio de la plaga pasea al Santísimo por las calles de Palermo.

Ahora suena una llamada. Es un amigo que vive en Londres y empieza a dar síntomas, si no de coronavirus, sí de canguelo. “Estoy acojonao, me están enviando mensajes diciendo que con estos gilipollas de brexiters al mando, cuando entre el virus a saco, vamos a caer como moscas”.

Isabel Coixet envía una foto preciosa en blanco y negro de Nick Cave y PJ Harvey, los dos músicos sentados en un sofá de cuero y bien alejados el uno del otro, con el lema “Recuerda practicar la distancia social”.

Y hablando de distancia, aquí lo dejamos. Ha sonado otro cling.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2020/03/20/eps/1584708301_617136.html

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